Si se acepta el punto de vista de que la vida
se originó simplemente como expresión de las
leyes físicas y químicas, se deduce que con
toda probabilidad la vida no se halla limitada al planeta
tierra. ¿Cuáles son, por tanto, las posibilidades
de vida en el Universo?.
Cuando se reconoció por
primera vez que los planetas del Sistema Solar eran mundos,
se dio por garantizado asimismo que albergaba en ellos la
vida, incluso una vida inteligente. Constituyó una
gran conmoción cuando se reconoció que la Luna
carecía de aire y agua y que por lo tanto, probablemente
también carecía de vida.
En la era moderna de los cohetes
y las sondas, los científicos están más
bien convencidos de que no existe vida en la Luna ni en cualquiera
de los otros mundos del Sistema Solar interior, excepto en
la misma Tierra.
Tampoco existen muchas probabilidades en lo referente al Sistema
Solar exterior. En realidad, Júpiter tiene una profunda
y compleja atmósfera con una temperatura muy baja en
la capa de nubes visible y una muy elevada en el interior.
En alguna parte de unas profundidades moderadas y con temperaturas
también moderadas, y con presencia conocida de agua
y compuestos orgánico, resulta concebible (como sugiere
Carl Sagan) que pueda existir la vida. Y si esto es cierto
en lo que se refiere a Júpiter, puede ser cierto asimismo
respecto de los otros gigantes gaseosos.
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Asimismo, el satélite
joviano Europa constituye un mundo por completo helado, aunque,
por debajo, podría existir un océano de agua
calentada gracias a la influencia de las mareas de Júpiter.
Titán posee una atmósfera de metano y nitrógeno,
y podría tener también nitrógeno líquido
y compuestos orgánicos sólidos en la superficie,
lo cual pude decirse tal vez también de Tritón,
el satélite de Neptuno. En esos tres satélites
resulta concebible que pueda existir alguna forma de vida.
Sin embargo, todo esto no es
más que conjeturas. Podemos confiar ansiosamente en
ello, pero, honestamente, no cabe esperar demasiado; y es
asimismo algo justo suponer que, en cuanto se refiere al Sistema
Solar, la Tierra, y sólo la Tierra, parece ser capaz
de albergar la vida. Pero en el Sistema Solar no acaban todas
las cosas, ¿Qué posibilidades existen de que
haya vida en cualquier otro lugar del Universo?.
El número total de estrellas en el Universo conocido
se calcula que es por lo menos de 1,000,000,000,000,000,000,000
(mil millones de billones).
Nuestra propia galaxia contiene
mas de cien mil millones. Si todas las estrellas se han desarrollado
por el mismo tiempo de proceso que aquel que se considera
que han creado nuestro propio Sistema Solar (es decir, la
condensación de una gran nube de polvo y gas), entonces
es muy probable que ninguna estrella exista de forma solitaria,
sino que cada una sea parte de un sistema local que contenga
más de un cuerpo celeste. Sabemos que existen muchas
estrellas dobles, que giran en torno a un centro común,
y se calcula que, al menos, de cada tres estrellas una pertenece
a un sistema que contiene dos o más estrellas.
En nuestra opinión, lo
que realmente precisamos encontrar es un sistema múltiple
en el cual un número de miembros sea demasiado pequeño
para generar luz propia y sean planetas más bien que
estrellas. Si bien (por el momento) no disponemos de medios
para detectar directamente cualquier planeta que se encuentre
fuera de nuestro Sistema Solar, incluso en los sistemas estelares
más cercanos, podemos no obstante obtener pruebas indirectas
de su presencia. Esto se ha efectuado en el Observatorio Sproul
del "Swarthmore College" bajo la dirección
del astrónomo neerlandes-americano Peter Van de Kamp.
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En 1943, pequeñas irregularidades
de una de las integrantes del sistema de estrellas dobles,
61 del Cine, mostraron que debía de existir un tercer
componente, demasiado pequeño para generar luz. Este
tercer componente, el 61 del Cisne C, debe de tener aproximadamente
8 veces la masa de Júpiter y, por lo tanto (suponiendo
la misma densidad), dos veces su diámetro. En 1960,
un planeta de tamaño similar se localizó girando
alrededor de la pequeña estrella Lalande 21185 (localizado,
al menos, en el sentido de que su existencia era la forma
más lógica de explicar las irregularidades en
el movimiento de la estrella). En 1963, un detallado estudio
de la estrella de Barnard indicó la presencia de un
planeta, que sólo tenía una vez y media la masa
de Júpiter.
La estrella de Barnard es la
segunda más próxima a la nuestra, la Lalande
21185 es la tercera más próxima, y la 61 del
Cisne la duodécima más cercana. Que existieran
tres sistemas planetarios en intima proximidad al nuestro
sería extraordinariamente poco probable, a menos que
dichos sistemas planetarios fueran muy comunes en general.
Por supuesto, en las vastas distancias estelares, sólo
los planetas de mayores dimensiones podrían ser detectados
y aún así con dificultad. Donde existen planetas
superjovianos, parece muy razonable (e incluso inevitable)
suponer que también deben existir planetas más
pequeños.
Desgraciadamente, las observaciones que dan pie a las suposiciones
de que esos planetas extrasolares existen no son muy bien
definidas y se encuentran muy cerca de los límites
de lo que podemos observar. Existen considerables dudas entre
los astrónomos, en general, respecto de la existencia
de tales planetas se haya realmente demostrado.
Pero más tarde se produjo
una nueva clase de evidencia. En 1983, un Satélite
Astronómico Infrarrojo (llamado IRAS) comenzó
a orbitar la Tierra. Se le diseño para detectar y estudiar
las fuentes infrarrojas en el firmamento. En agosto, los astrónomos
Harmut H. Aumann y Fred Gillett dirigieron su sistema de detección
hacia la estrella Vega y descubrieron, ante su sorpresa, que
Vega era mucho más brillante en el infrarrojo de lo
que parecía razonable. Un estudio más detenido
mostró que la radiación infrarroja no procedía
de la misma Vega, sino de sus alrededores inmediatos.
Al parecer, Vega estaba rodeado
por una nube de materia que se extiende hacia delante hasta
el doble de alejamiento de la órbita de Plutón
respecto de nuestro Sol. Presumiblemente, la nube estaba formada
por partículas más grandes que granos de polvo
(o serían así de largos desde que habían
sido reunidos por Vega).
Vega es mucho más joven
que nuestro Sol, pues sólo tiene una edad de menos
de mil millones de años y, al ser 60 veces más
luminoso que el Sol, posee un viento estelar mucho más
fuerte que puede actuar de tal modo que impida que las partículas
lleguen a fundirse. Por ambas razones, cabe esperar que Vega
posea un sistema planetario aún en proceso de formación.
Incluidos entre esa vasta nube de gravilla puede haber ya
objetos planetizados que, gradualmente, estén barriendo
sus órbitas hasta dejarlas por completo despejadas.
Este descubrimiento favorece fuertemente la suposición
de que los sistemas planetarios son comunes en el Universo,
tal vez incluso tan comunes como las estrellas.
Pero, aún suponiendo que
todas o la mayoría de las estrellas poseen sistemas
planetarios, y que muchos de estos planetas son similares
a la Tierra en tamaño, debemos saber que criterios
han de satisfacer tales planetas para poder ser habitables.
Un científico del espacio, el norteamericano Stephen
H. Dole, ha hecho un estudio particular de este problema en
su libro Habitable Planets for Man, publicado en 1964, y ha
llegado a ciertas conclusiones que, aunque especulativas,
son razonables.
Señala, en primer lugar,
que una estrella debe tener un cierto tamaño para poder
poseer un planeta habitable. Cuanto más grande es la
estrella, tanto menor es su vida, y, si excede de unas ciertas
dimensiones, no vivirá lo suficiente como para permitir
que un planeta recorra las prolongadas etapas de su evolución
química, antes del desarrollo de formas de vida complejas.
Una estrella demasiado pequeña no puede calentar suficientemente
a un planeta, a menos que éste se halle situado muy
próximo a ella, con lo que sufriría periódicos
efectos perjudiciales. Dole llega a la conclusión de
que sólo las estrellas de las clases espectrales F2
a K1 son adecuadas para el mantenimiento de planetas con nivel
de habitabilidad suficiente para la Humanidad: Planetas que
pueden ser colonizados (sí el viaje entre las estrellas
fuera algún día practicable)sin un esfuerzo
excesivo. Existen, según los cálculos de Dole,
17 mil millones de tales estrellas en nuestra galaxia.
Una estrella con estas características
podría poseer un planeta habitable o no poseer ninguno.
Dole calcula la probabilidad de que una estrella de tamaño
adecuado pueda tener un planeta de la masa conveniente y a
la distancia correcta, con un apropiado período de
rotación y una órbita adecuadamente regular,
y, haciendo lo que le parece una razonable estimación,
llega a la conclusión de que probablemente hay 600,000,000
de planetas habitables solamente en nuestra galaxia, conteniendo
ya cada uno de ellos alguna forma de vida.
Si estos planetas habitables estuvieran más o menos
homogéneamente distribuidos por la galaxia, Dole estima
que debería de existir un planeta habitable por cada
80,000 años luz cúbicos. Esto significa que
el planeta habitable más próximo a nosotros
puede distar de la tierra unos 27 años luz, y que,
a unos 100 años luz de distancia, deben encontrarse
también un total de 50 planetas habitables.
Dole cita a continuación
14 estrellas distantes de nosotros a lo sumo 22 años
luz, que pueden poseer planetas habitables y sopesa las probabilidades
de que esto pueda ser así en cada caso. Llega a la
conclusión de que la mayor probabilidad de planetas
habitables se da precisamente en las estrellas más
cercanas a nosotros, las dos estrellas similares al Sol del
sistema Alfa Centauro, la Alfa Centauro A y la Alfa Centauro
B. Según estima Dole, estas dos estrellas compañeras
tienen, consideradas en conjunto, una posibilidad entre diez
de poseer planetas habitables. La probabilidad total para
el conjunto de las 14 estrellas vecinas es de aproximadamente
2 entre 5.
Si consideramos la vida como
la consecuencia de las reacciones químicas descritas
en el apartado anterior, podemos ver que su desarrollo es
inevitable en cualquier planeta similar a la Tierra. Por supuesto,
un planeta puede poseer vida y, no obstante, no poseer aún
vida inteligente. No tenemos forma de hacer siquiera una conjetura
razonable acerca de la probabilidad del desarrollo de la inteligencia
sobre un planeta, y en este sentido, Dole, por ejemplo, tiene
el buen acierto de no hacer ninguna. Después de todo,
nuestra propia Tierra, el único planeta habitable que
realmente conocemos y que podemos estudiar, existió
durante al menos dos mil millones de años con vida,
ciertamente, pero sin vida inteligente.
Es posible que las marsopas y
algunas otras especies emparentadas con ellas sean inteligentes,
pero, por su condición de criaturas marinas, carecen
de extremidades y no han podido desarrollar el uso del fuego;
en consecuencia, su inteligencia, caso de que exista, no ha
podido dirigirse en el sentido de una tecnología desarrollada.
Es decir, si sólo consideramos la vida terrestre, entonces
hace sólo aproximadamente un millón de años
que la Tierra ha sido capaz de albergar una criatura viva
con una inteligencia superior a la de un mono.
De todos modos, esto significa
que la Tierra ha poseído una vida inteligente durante
un 1/3,500 del tiempo en que ha poseído vida de alguna
clase (hablando grosso modo). Si pudiésemos decir lo
mismo de todos los planetas que albergan la vida, 1 de cada
3,500 alberga una vida inteligente, por lo que, partiendo
de 640 millones de planetas habitables, según describió
Dole, pueden existir hasta 180,000 inteligencias. Podríamos
hallarnos muy lejos de estar solos en el Universo.
Este punto de vista de un Universo
rico en formas de vida inteligente, de la que son partidarios
Dole, Sagan (y yo), no es mantenido de forma unánime
por los astrónomos. Dado que Venus y Marte han sido
estudiados con detalle y se ha descubierto que son hostiles
a la vida, existe el punto de vista pesimista de que los límites
dentro de los cuales podemos esperar que se forme la vida,
y se mantenga durante miles de millones de años, son
muy estrechos, y que la Tierra es extraordinariamente afortunada
por hallarse dentro de esos límites. Un leve cambio
en una dirección u otra en cualquier número
de propiedades, y la vida no se habría formado o, en
caso de formarse, no hubiera permanecido en existencia durante
mucho tiempo. Según este punto de vista, es posible
que no existan más que uno o dos planetas por galaxia
que alberguen la vida, y pueden existir sólo una o
dos civilizaciones tecnológicas en todo el Universo.
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Francis Crick mantiene el punto
de vista de que puede haber un considerable número
de planetas en cada galaxia que son habitables, pero que no
poseen el estrecho abanico de propiedades requeridas para
que se origine la vida. Es posible que la vida se haya originado
en un planeta particular y, una vez surgida una civilización
que pudiera hacer frente a los vuelos interestelares, se haya
extendido por todas partes. Resulta claro que la Tierra no
ha desarrollado aún los vuelos interestelares, y es
posible que algunos viajeros interestelares hace ya varios
miles de millones de años, sin querer (o deliberadamente)
hubieran infestado la Tierra de vida en una visita aquí.
Ambos puntos de vista, el optimista
y el pesimista -un Universo lleno de vida y un Universo casi
vacío de vida-, no son más que puntos de vista
a priori. Ambos implican desarrollar un razonamiento a partir
de ciertas presunciones, y ninguno de los dos tiene la menor
prueba basada en observaciones.
¿Puede conseguirse semejante prueba? ¿Existe
alguna forma de decir, a semejantes distancias, si la vida
puede existir en alguna parte en las proximidades de una estrella
distante?. Puede razonarse que cualquier forma de vida lo
bastante inteligente que haya desarrollado una civilización
altamente tecnológica comparable, o superior, a la
nuestra, ciertamente habrá desarrollado la radioastronomia,
y también ciertamente será capaz de enviar señales
de radio, o bien, como hacemos nosotros, enviarlos inadvertidamente
como nos ocurre con nuestras ondas de radio que lo llenan
todo.
Los científicos norteamericanos
han tomado semejante posibilidad lo suficiente en serio como
para llevar a cabo una empresa, bajo la dirección de
Frank Donald Drake, a la que pusieron el nombre de "Proyecto
Ozma" (nombre derivado de uno de los libros Oz para niños)
para escuchar cualquier posible señal de radio procedente
de otros mundos. La idea se basa en la búsqueda de
alguna pauta en las ondas de radio procedentes del espacio.
Si detectan señales con una pauta por completo ordenada,
opuesta a algo al azar, como las radiaciones informes de las
radioestrellas y de la materia excitada en el espacio, o de
la simple periodicidad de los pulsares, podría darse
por supuesto que tales señales representarían
mensajes de alguna inteligencia extraterrestre. Naturalmente,
aunque tales mensajes se recibiesen, la comunicación
con la distante inteligencia seguiría siendo un problema.
Los mensajes podrían llevar ya muchos años de
camino, y una respuesta tardaría muchos años
en alcanzar a los distantes emisores puesto que el planeta
potencialmente más cercano se encuentra a 4 1/3 años
luz.
Las secciones de los cielos escuchadas
en un momento u otro del "Proyecto Ozma", incluyeron
las direcciones en que se encuentran Épsilon Eridano,
Tau de la Ballena, Omicron-2 Eridano, Épsilon Indi,
Alfa del Centauro, 70 Ofiuco y 61 del Cisne. Sin embargo,
al cabo de dos meses de resultados negativos el proyecto se
suspendió.
Otros intentos de esta clase fueron incluso más breves
y menos elaborados. Tal vez los científicos soñaban
en algo mejor.
En 1971, un grupo de la NASA,
bajo la dirección de Bernard Oliver, sugirió
lo que se ha dado en llamar "Proyecto Cíclope".
Se trataría de una gran disposición de radiotelescopios,
cada uno de ellos de 100 metros de diámetro, todos
colocados en hileras y filas y funcionando al unísono
a través de un sistema electrónico computarizado.
Toda la formación, activada al unísono, equivaldría
a un solo radiotelescopio de 10 kilómetros de longitud.
Semejante disposición detectaría ondas dirigidas
de radio de la clase que la tierra, inadvertidamente, deja
filtrar hasta una distancia de un centenar de años-luz,
y detectaría una baliza de ondas de radio deliberadamente
dirigidas desde otra civilización, a una distancia
de millares de años-luz.
Semejante ordenamiento llevaría veinte años
de formar y costaría 100 mil millones de dólares.
(Antes de poner el grito en el cielo por semejante gasto,
piénsese en que el mundo esta gastando 500 mil millones
- es decir cinco veces más- cada año en la guerra
o en preparativos para la guerra.)
¿Pero, por qué realizar un intento así?
Existen pocas posibilidades de que tengamos éxito,
e incluso de tenerlo, ¿entonces, que? ¿Existe
alguna posible oportunidad de que podamos entender un mensaje
interestelar? Sin embargo, existen razones para intentarlo.
En primer lugar, el mero intento
de algo así haría avanzar el arte de los radiotelescopios,
para mayor adelanto de la Humanidad respecto de comprender
el Universo. En segundo lugar, si buscamos mensajes en el
firmamento y no encontramos ninguno, aun seguirá la
cosa teniendo un gran interés. Pero, ¿qué
ocurriría si detectásemos un mensaje y no lo
comprendiéramos? ¿Que bien nos haría
eso?.
Verán, existe todavía otro razonamiento en contra
de que exista vida inteligente en otros planetas. Se trata
de lo siguiente; si existen esos seres, y son superiores a
nosotros, ¿por qué no nos han descubierto? La
vida ha existido en la tierra durante miles de millones de
años sin haberse visto perturbada por influencias exteriores
(por lo menos, según podemos decir), y eso constituye
una indicación suficiente de que no ha habido una influencia
exterior con la que empezar.
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Pero contra esto han sido usados
otros argumentos. Es posible que las civilizaciones en existencia
se hallen tan alejadas que no haya una forma conveniente de
alcanzarnos, que el viaje interestelar no se haya desarrollado
nunca en ninguna civilización, con lo que cada uno
de nosotros se encuentra tan aislado que no podamos comunicarnos
unos con otros a no ser con mensaje a larga distancia. Es
también posible que nos hayan alcanzado pero, al percatarse
de que constituimos un planeta que se encuentra en el proceso
de desarrollar la vida y una eventual civilización,
deliberadamente prefiriesen no interferirse.
Pero ambos son unos argumentos débiles. Existe otro
mas fuerte, y asimismo espeluznante. Es posible que la inteligencia
sea una propiedad autolimitadora. Es factible que en cuanto
una especie desarrolla una tecnología lo suficientemente
elevada, se destruya a sí misma: como nosotros, con
nuestras reservas en aumento de armas nucleares y nuestra
inclinación hacia la superpoblación y a destruir
el medio ambiente, parecemos estar llevando a cabo. En ese
caso, no se trata de que no haya civilización, y nada
más. Pueden existir muchas civilizaciones que no hayan
llegado al punto de ser capaces de mandar o recibir mensajes,
y otras muchas civilizaciones que hayan quedado destruidas,
y solo una o dos que alcanzaran exactamente el punto de enviar
mensajes y estén a punto de destruirse a sí
mismas, pero que aún no lo hayan realizado.
En ese caso, si recibimos un
mensaje -un mensaje-, ese solo hecho nos revelaría
que en algún lugar una civilización de alguna
forma ha llegado a un nivel elevado de tecnología (más
allá que nosotros, con toda probabilidad) y que aún
no se ha destruido a sí misma.
Y si ha conseguido sobrevivir, ¿no podríamos
nosotros realizar otro tanto?
Esta es la clase de aliento que la Humanidad necesita enormemente
en este estadio de su historia, y se trata de algo, que yo
el primero, daríamos por muy bien venido.
Fuente: Nueva Guia de la Ciencia.
Autor: Isaac Asimov
Realizado: Ing. J.Fco.D. Meneses Merchant.
Presidente de la Sociedad Astronómica del Estado de
Hidalgo. A.C.
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